leydhen: (escribir)
leydhen ([personal profile] leydhen) wrote in [community profile] escribir2011-04-03 07:33 pm
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Reto 5: El ladrón.

Título: El ladrón.
Autor: [personal profile] leydhen
Derechos: Todos los derechos reservados.
Edad: Todos los públicos.
Resumen: Érase una vez un huérfano que...
Comentarios: Siempre me centro en la Emperatriz y Karian'd, así que por una vez supuse que sería agradable darle una oportunidad a otro de los cuatro, precisamente el único que no tiene ni una pizca de magia en sus venas. Sólo su ingenio y una malicia peligrosa XDDDD Eso sí, como fui incapaz de hacerle una ficha de rol, lo cual me hubiera facilitado el trabajo, está en forma de relatillo.


Lhiam Bryant fue un niño arrojado al arroyo. Concretamente al Sheraviet, el riachuelo que discurría por los arrabales de Inskabán y en cuyas aguas, tradicionalmente, las amantes de los nobles ahogaban a los bastardos que aquellos no estaban dispuestos a mantener. No guardaba ningún recuerdo de sus padres, de hecho su apellido había sido un regalo tardío de cumpleaños adolescente, y sus memorias más tempranas incluían pies descalzos, mendrugos de pan rebozados en tierra y las caricias descuidadas de una prostituta que, apiadándose de él, le proporcionó un techo en el burdel en el que prestaba sus servicios. Creció rodeado de putas que volcaban en él todo el amor y las atenciones que habrían pertenecido a aquellos hijos que acabaron en un aborto obligado por las circunstancias. El pequeño aprendió de telas, joyas y las palabras bonitas que iluminaban los ojos de las mujeres y coloreaban sus mejillas. Repartía su tiempo entre regazos cálidos y brazos amantes y los pequeños recados que le encargaban en el burdel, con los que se aprendió de memoria las callejuelas y tiendas del barrio. Fueron unos años cómodos, bien alimentado y vestido, con una habitación propia y la atención y el cariño de las mujeres. Pero el niño creció.

Para cuando cumplió los trece años, las mejillas regordetas habían desaparecido, dejando en su lugar un rostro de líneas afiladas, esperando a que el hombre terminase de aparecer en el niño que fue. Los ojos, de un pálido gris, seguían brillando con inteligencia, rodeados por unas pestañas largas y espesas que eran la envidia y el orgullo de sus madres adoptivas. La boca estaba siempre presta para la risa. También había crecido, alto y espigado, así que un día el dueño del prostíbulo, que hasta aquel momento había ignorado por completo su existencia, se encontró pensando en diversificar su negocio. Había muchos hombres, y alguna que otra mujer, que se complacían en disfrutar de los placeres que un jovencito podía ofrecer. Por suerte para Lhiam, las propias rameras le pusieron sobre aviso antes de que el proxeneta tuviera la oportunidad de aceptar alguna de las ofertas que ya tenía en firme, de modo que el chaval pudo huir antes de que pasase algo irreparable.

Volvía a estar en la calle, aunque en aquella ocasión no era una criatura indefensa y sin recursos. Las prostitutas le habían dado dinero y, más importante aún, contactos entre familiares, amigos y clientes. Había comerciantes, artesanos, soldados... y ladrones. Así que no fue extraño que acabase en una banda de cortabolsas. Recibió varias palizas y más de una vez tuvo que confiar en sus largas piernas para escapar a la carrera, pero en general se le daba bien. Era hábil, tenía unos dedos ágiles y ligeros y pronto se demostró que podía despojar a su “cliente” de un peso farragoso sin que éste sintiese el más mínimo roce en sus ropas. Con los años, formó su propia banda con su propio estilo. No se podía llegar muy lejos vaciando bolsillos en los mercados, por abultados que estos fueran, así que había que apuntar a presas más jugosas. Sabía leer y escribir, gracias al excéntrico empeño de una de sus madres, y además tenía una buena planta y buenos modales. Así que, ataviado con ropa limpia y decente, pronto consiguió acceso a las reuniones que los burgueses de los barrios acomodados de Inskabán ofrecían regularmente. Toda matrona que se preciase quería tener jóvenes bien plantados haciendo de marco para sus hijas, fuesen dulces florecillas o ácidas marisabidillas, por aquello de incentivar la competencia entre pretendientes. Así que bastaba con ser obsequioso, encantador con las damas y provenir de una familia modesta pero respetable. Lhiam no contaba con esa familia, pero sí con la capacidad de sacársela de la manga, sin mencionar las conexiones heredadas del burdel. Así que era bienvenido a las veladas, charlaba con las niñas y sus mamás, soportaba la condescendencia de los padres y, mientras tanto, tomaba notas de la distribución de las casas y las riquezas a la vista. Más tarde, a veces meses después, una noche se paseaba por aquellos mismos salones, ya vacíos, y llenaba sus bolsillos. Se convirtió así en un ladrón de éxito, un depredador consciente de cuál era su territorio de caza. Nunca tuvo problemas, hasta el día en que olvidó eso.

Todo empezó con una apuesta de borrachos. No había bebido demasiado, pero era incapaz de rechazar un desafío. Así que, cuando le retaron a allanar el palacio de verano de la familia imperial y regresar con un trofeo reconocible, no supo echarse atrás. Se coló en las dependencias de la servidumbre y, desde uno de los patios interiores, escaló la fachada, con el corazón palpitando fuertemente por la euforia y el peligro, hasta alcanzar un balcón y, tras forzar la ventana, colarse dentro de la habitación. Todo marchaba a pedir de boca cuando, a punto de desandar su camino, entró ella. Una jovencita que, a ojos de sus veintitrés años, no representaba ninguna amenaza. Más adelante no supo decir si se confió ante su belleza e indefensión o si, aunque hubiese estado alerta, hubiera podido evitar que la doncella aparentemente inofensiva le noquease de dos certeros golpes. Al volver en sí, descubrió que la falsa presa era en realidad la Emperatriz y que, a pesar de la insolencia y la franqueza con la que se había desarrollado su conversación antes de pasar al contacto físico, a ella le había agradado su falta de reserva. De modo que, antes de que pudiera darse cuenta de qué estaba pasando, había conseguido una posición en la corte imperial en calidad de... No estaba muy seguro en calidad de qué, sólo que debía ser franco con ella, ignorando protocolos y la verdadera posición de su interlocutora.

Al principio fue difícil, muy difícil. Se sentía como si tuviese la soga al cuello, de puntillas para evitar que se ciñese el nudo a su gaznate. Muchas veces los ojos de ella relampagueaban de ira, o sus labios se apretaban en un gesto colérico, pero nunca llegó a sentir que la cuerda se apretaba hasta asfixiarle. Con el paso del tiempo, llegó a comprender que la Emperatriz no había mentido cuando le aseguró que lo único que pondría su vida en peligro sería la traición al Imperio. Con el paso del tiempo, la familiaridad dio paso a la amistad y, como si fuese inevitable, se hicieron amantes. Fue por poco tiempo, apenas tres meses, y respondió más a la necesidad de compañía de ambos que a una verdadera pasión. Para Lhiam, que era consciente de que al final sólo podía contar consigo mismo, era evidente que ella antepondría siempre el interés de la corona al suyo propio. Eran dos solitarios consolándose mútuamente y, cuando aquello terminó, su amistad se afianzó. Aunque él mencionase a menudo, con bastante sorna, que se había “beneficiado al Imperio”.

Al igual que su relación con la Emperatriz, sus funciones también cambiaron con el tiempo. Llegó un momento en que la Emperatriz le propuso recibir cierta instrucción militar y formar parte de los Dragones, su guardia de élite. Aceptó sin dudarlo. Era hábil con el cuchillo, que era el arma de preferencia de cualquier ladrón que se preciase de su oficio, pero su orgullo todavía estaba magullado por aquellos primeros golpes. Aprendió, sí, incluso le dieron un uniforme que tenía guardado al fondo de su armario, y unos galones de teniente de modo extraoficial, simplemente para darle una posición entre aquellos hombres y mujeres devotos a la Emperatriz. Seguía siendo su confidente, pero también se convirtió en espía. Los cortesanos le consideraban un diletante inofensivo, otra más de las extravagancias de la Emperatriz, así que no se cuidaban mucho a la hora de hablar cerca de él. A sus mañas de ladrón a la hora de entrar en salas ajenas, se añadía la facilidad con la que las esposas de aquellos hombres hablaban de sus intereses y maniobras en busca de poder e influencias tras algunas frases bien escogidas y alguna que otra sonrisa. Fue algo que surgió espontáneamente, no una orden ni siquiera una sugerencia, pero no dejaba de ser divertido jugar con los nobles, quizás cobrándose la deuda de su niñez.

Llevaba una vida cómoda, con todas sus necesidades cubiertas, pero debía de echar de menos sentir el corazón golpeando locamente contra las costillas mientras el peligro amenazaba, porque sólo aquello explicaba que aceptase la oferta de la Emperatriz y partiese de Inskabán, dejándolo todo atrás, para jugarse el cuello en la búsqueda de un fantasma.
sam_bluesky: a Blue Dragon holding a Sword (dragon y espada - karian'd y devania)

[personal profile] sam_bluesky 2011-04-18 03:26 pm (UTC)(link)
Qué vida tan ajetreada ha tenido el chiquillo. Quizá porque hemos pasado muy por encima por ella, pero es curioso cómo es capaz de conservar el ánimo. O quizá es porque ha tenido una vida muy perra que tiene ese carácter. Lo que no da la impresión es de ser una de esas personas que tiene dos caras y guarda su amargura dentro para sólo mostrar buenrollismo.

"Aunque él mencionase a menudo, con bastante sorna, que se había “beneficiado al Imperio”."
Sí, no me sorprende que lo diga. Eh, y mentira no es.
Leydhen: ¬¬U
Sam: Como si ella no se lo hubiera pasado de miedo. Anda que...

Me pregunto si sus madres adoptivas le enseñaron trucos para complacer a las mujeres que luego puso en práctica con la Emper--*splurch*
(Ah, tradiciones, cuánto bien hacéis.)

"Llegó un momento en que la Emperatriz le propuso recibir cierta instrucción militar"
Lo malo de saber a estas alturas que ambos ya se conocían bíblicamente es que ahora no puedo descontextualizar. ;_;

"otra más de las extravagancias de la Emperatriz"
Curiosamente, no tenía la idea de que la Emperatriz era extravagante antes de que su primo le diera la patada. Hmm, tendré que replantearme esos primeros años.

"para jugarse el cuello en la búsqueda de un fantasma."
Si en Swordh hubiera televisión habrían aprendido que la mejor antena sobrenatural pasa por un buen escote que luce un buen par de te--*splurch* *splurch*
Sam: ahora no sé si ha molestado el tema de la carnosidad, o la insinuación de que la Emperatriz podría llamarse Lisa.
Leydhen: ¬¬U ¿En serio? ¿Así pretendes salvar la vida?
Sam: Hombre, tanto como salvarla...

Hubiera preferido que no usaras tantos sinónimos para hablar de las prostitutas. No es cuestión de recurrir a las opciones puritanas ("mujeres de moral distraída", "mujeres de vida alegre", "mujeres que fuman y tratan de tú a los hombres"), creo que hubiera estado mejor limitarse a un par de sinónimos y ya.
Salvo eso, ha sido un buen relato introductorio, con el que vemos además algunas cosas que hasta ahora no sabíamos.

Felicidades, Leydhen :D